Al despertarse vio que el viejo reloj blanco de hojalata marcaba las diez de la mañana. El segundero seguía avanzando mientras Berta mantenía su mirada fija en él y se abstraía con el hipnótico sonido. La persiana estaba subida, ya no le gustaba bajarla por la noche: ahora prefería dormirse mirando las estrellas desde la cama.
Se incorporó, sintiendo la suavidad del suelo de madera a través de sus calcetines grises, y se acercó a la ventana. Llovía. Las gotas de lluvia repiqueteaban en la parte inferior de los cristales y fuera las hojas de los árboles se agitaban, como si la saludaran alegremente. Sonrió.
Caminó hasta la cocina. En la fregadera estaban un cazo, y el plato de postre y la taza en los que la noche anterior había cenado un café con un trozo de tarta de manzana. Abrió la nevera, sacó la caja de leche y la posó sobre la encimera mientras fregaba rápidamente el cazo, la taza y el pequeño plato del fregadero. Echó un poco de leche en el cazo y lo puso al fuego.
Ya habían pasado un par de meses desde que consiguió un trabajo nuevo y salió de casa de sus amigos, aunque les seguía viendo muy a menudo ya que su nueva casa estaba en la misma ciudad a la que llegó en busca de oxígeno.
Berta adoraba los sábados, como aquél, y odiaba los domingos. Los sábados se levantaba a deshora, cuando su mente quisiera volver a la realidad, y pasaba la mañana caminando por los parques. Un día encontró un puesto de castañas y, con una arrebatadora energía que no supo de donde salió, se acercó al anciano que regentaba el puesto y le compró un cucurucho de castañas. En verdad no le gustaban las castañas, pero adoraba el calor que transmiten a través del cono de papel de periódico y esa sensación la hacía sentirse siempre más cerca de casa.
Cuando el cazo comenzaba a humear lo retiró del fuego y vertió la leche en la taza. Le echó un poco de miel y, soplando la taza que sujetaba con ambas manos, se sentó en una de las dos sillas que tenía en la cocina. Se bebió la mezcla dulce con aroma a invierno a pequeños sorbos, despacio, saboreándolo en su paladar y sintiendo el calor que iba acariciando su cuerpo. Al terminar dejó de nuevo la taza, caliente y vacía, en la fregadera, fue hacia su habitación, se recogió el pelo en un improvisado moño, se puso las botas de plástico moradas, la parka blanca y se marchó a disfrutar de su mañana.
Cuando enfrentarse a la verdad sirve para regresar, una vez más, a nuestra nube: nube dulce nube...
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miércoles, 17 de noviembre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
Sin vuelta atrás
Suena el teléfono, avisando a Berta de que tras la melodía de guitarras y voces rotas alguien la llama.
- ¿Sí?.. Mamá... oye, ya te dije que no te preocuparas, que iba a estar bien y lo estoy, de verdad.... Vale pero no te preocupes más por favor, llamaré pronto prometido... que sí... yo también os quiero... Un beso.
Aleja el teléfono móvil de su oreja y, suspirando, le apaga. Sabe que es lo mejor para todos y se dice a sí misma que cuando tenga algún momento de debilidad y no aguante más el frío de la soledad, le encenderá de nuevo y llamará a casa para sentirse de nuevo arropada. Pero ahora es mejor desconectarle por una temporada.
Hace unos días que salió de casa en busca de tiempo para sí misma. Se sentía asfixiada en la rutina: trabajo, casa, reuniones con los amigos, trabajo... Hasta que se levantó una mañana y con el tiempo tan radiante que hacía se dijo que había llegado el momento, el momento de hacer su propio camino y no el que le decía el resto. Y ahora estaba allí, a más de mil kilómetros de su casa. Había viajado con desconocidos piadosos que sentían lástima de la joven y se prestaban a acercarla un poco más a su destino, la casa de unos amigos. Había conocido a Mario y Silvia hacía un par de años atrás, en uno de los festivales de música a los que solía acudir con Carlos. Carlos. Hacía más de un año que habían roto pero tan sólo pensar en su nombre hacía que algo dentro le resquemara. Carlos formaba parte del pasado que quería dejar precisamente en eso, pasado, porque la vida la había enseñado que lo pasado no tiene retorno y liberarse, que no olvidarse, de él es el único medio de continuar y poder ser feliz. Y eso es lo que pensaba hacer.
- ¿Se puede? - preguntó Mario al tiempo que llamaba a la puerta del cuarto de invitados donde se quedaba Berta
- Sí, claro, pasa... mi madre - dijo señalando el móvil que sujetaba todavía en la mano
- Ya... bueno, tú tómate el tiempo que necesites, sabes que nos encanta tenerte aquí, ¿verdad?
- Sí, sí. Os estaré eternamente agradecida... es solo que no quiero estar aquí de ocupa eternamente así que si me mandáis a la mierda, lo entenderé.
- ¡Anda ya! - dijo Mario al tiempo que se sentaba en la cama al lado de ella - estás de broma, ¿no? - pero Berta le miraba tímida, preguntándole con la mirada si de verdad no les molestaba o la cobijaban sólo por compasión - ... mira Berta, eres nuestra amiga y en estos dos años de amistad lo has demostrado con creces así que no me hagas recordarte quién está en deuda con quién, ¿vale?, tú te quedarás aquí el tiempo que sea necesario y no se hable más
- Gracias Mario - y, por segunda vez en su vida, lloró delante de alguien sin poder remediarlo. Mario la abrazó y dejó que su amiga sacara todas las lágrimas que calaban su interior.
- Vamos Ber, ha llegado el momento de sacar la basura fuera - y el llanto en la habitación se hizo más intenso.
Aleja el teléfono móvil de su oreja y, suspirando, le apaga. Sabe que es lo mejor para todos y se dice a sí misma que cuando tenga algún momento de debilidad y no aguante más el frío de la soledad, le encenderá de nuevo y llamará a casa para sentirse de nuevo arropada. Pero ahora es mejor desconectarle por una temporada.
Hace unos días que salió de casa en busca de tiempo para sí misma. Se sentía asfixiada en la rutina: trabajo, casa, reuniones con los amigos, trabajo... Hasta que se levantó una mañana y con el tiempo tan radiante que hacía se dijo que había llegado el momento, el momento de hacer su propio camino y no el que le decía el resto. Y ahora estaba allí, a más de mil kilómetros de su casa. Había viajado con desconocidos piadosos que sentían lástima de la joven y se prestaban a acercarla un poco más a su destino, la casa de unos amigos. Había conocido a Mario y Silvia hacía un par de años atrás, en uno de los festivales de música a los que solía acudir con Carlos. Carlos. Hacía más de un año que habían roto pero tan sólo pensar en su nombre hacía que algo dentro le resquemara. Carlos formaba parte del pasado que quería dejar precisamente en eso, pasado, porque la vida la había enseñado que lo pasado no tiene retorno y liberarse, que no olvidarse, de él es el único medio de continuar y poder ser feliz. Y eso es lo que pensaba hacer.
- ¿Se puede? - preguntó Mario al tiempo que llamaba a la puerta del cuarto de invitados donde se quedaba Berta
- Sí, claro, pasa... mi madre - dijo señalando el móvil que sujetaba todavía en la mano
- Ya... bueno, tú tómate el tiempo que necesites, sabes que nos encanta tenerte aquí, ¿verdad?
- Sí, sí. Os estaré eternamente agradecida... es solo que no quiero estar aquí de ocupa eternamente así que si me mandáis a la mierda, lo entenderé.
- ¡Anda ya! - dijo Mario al tiempo que se sentaba en la cama al lado de ella - estás de broma, ¿no? - pero Berta le miraba tímida, preguntándole con la mirada si de verdad no les molestaba o la cobijaban sólo por compasión - ... mira Berta, eres nuestra amiga y en estos dos años de amistad lo has demostrado con creces así que no me hagas recordarte quién está en deuda con quién, ¿vale?, tú te quedarás aquí el tiempo que sea necesario y no se hable más
- Gracias Mario - y, por segunda vez en su vida, lloró delante de alguien sin poder remediarlo. Mario la abrazó y dejó que su amiga sacara todas las lágrimas que calaban su interior.
- Vamos Ber, ha llegado el momento de sacar la basura fuera - y el llanto en la habitación se hizo más intenso.
martes, 13 de julio de 2010
Berta
Arranca el viejo jeep de segunda mano, quita la capota de lona gruesa, mete su CD favorito y emprende la marcha. Cuando coge la autopista, dejando tras de sí la pequeña ciudad, siente como un hormigueo que nace de su estómago se propagaba por sus venas hasta llegar a todas las partes de su cuerpo: sus pies, sus manos, su rostro. Sonríe y, luego, al verse a sí misma a través del espejo retrovisor, ríe divertida. No es que se vea radiante, es que lo está. El cielo está totalmente despejado, como su mente, y el sol corona en lo más alto, regalando con sus rayos de luz esperanzas y sueños por doquier, como su alma, que juega divertida a inventar días nuevos.
Sube el volumen cuando, a los cuarenta y cinco minutos de viaje, comienza a sonar su canción favorita: le encanta el ritmo de las guitarras que guiñan alegres, como haciendo un homenaje, al estilo country. No lo puede evitar y mueve su pie izquierdo al compás de los acordes, como si bailara en una de esas pistas de baile locales, rodeada de cientos de personas, al unísono.
Para a repostar al cabo de dos horas, sólo tiene calderilla en el bolsillo así que toma la decisión de llenar el depósito todo lo que le permita el dinero y continuar conduciendo hasta que se acabe el combustible. Arranca de nuevo y continúa por una carretera comarcal. Después de haber rodado setenta y tres kilómetros, el chivato del depósito se ilumina. Berta sabe que eso significaba que el viejo Suzuky ha entrado en reserva y, en pocos kilómetros, ya no quedará gasolina para continuar el trayecto, pero eso no le preocupa.
Cuando el vehículo cesa la marcha le acerca a la cuneta, ayudándose de un leve empujón, mientras mantiene el Suzuky en punto muerto y sin el freno puesto. Berta permanece allí de pie, tranquilamente recostada sobre el lateral izquierdo del viejo jeep, esperando la siguiente señal que la conduzca por su camino.
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