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domingo, 21 de noviembre de 2010

Recuerdos de una noche

- Te acuerdas... - dice sonriendo y sus ojos brillan entonces rebosantes de alegría. Sonríe ella también.

- Sí... - cierra los ojos antes de seguir hablando - recuerdo la pequeña lámpara del pasillo encendida, la puerta de casa, tu casa, abierta y la oscuridad y el frescor de la noche fuera de ella. La mesa de comedor rectangular, tirando a estrecha, puesta, ocupando casi todo el espacio del pequeño salón. El asiento de las sillas tapizado con terciopelo rojo apagado. El juego de café que ahora está guardado tras una puerta de cristal traslúcido, lucía entonces en aquel salón. No les recuerdo a ellos allí - comienzan las lágrimas a brotar de sus ojos - sólo te recuerdo a ti, en aquella inmensa cocina, de pie junto al hornillo de carbón removiendo la sopa de gallina en una cazuela de color granate. Esa costumbre no la hemos perdido, ¿sabes?, y todos los años cuando la veo en el plato pienso en tí, en lo mucho que te gustaba la sopa de gallina - sonríe y se seca las lágrimas con la mano.

- Es la mejor sopa, nena, la más rica.

- Podrías quedarte un poco más... - suplica de nuevo al ver que se aleja.

- No dejes que se pierdan esos momentos, nena...

domingo, 13 de junio de 2010

Café con palmeritas

- Uuhh, ha refrescado mucho desde ayer, ¿tú no tienes frío, nena?
- Un poco sí, la verdad - dijo ella sonriendo ampliamente
- Así me gusta, ya sabes que me encanta ver cómo te ríes

Entonces la "nena" se acercó, le dio un beso enorme en la mejilla y fijó sus ojos en los de ella.

- ¿Cómo lo consigues?
- ¿El qué, nena? - preguntó divertida
- Que tus ojos siempre brillen de esa manera.

Rio mientras le cogía de las manos. Sus manos también estaban frías, sin duda eso lo había heredado de ella, al igual que su corazón, que latía con tanta fuerza que muy pocos oídos eran capaces de soportarlo.

- ¿Merendamos un café bien calentito? - apretó sus manos entre las de ella
- Vale... - dijo rindiéndose a obtener respuestas - ¿has traído"palmeritas"?
- Claro, nena, ya sabes que en tardes como ésta siempre las compro.

sábado, 12 de junio de 2010

Sonríe un poco nena...

Subió corriendo las escaleras hasta llegar ante la puerta de su casa, abrió y cerró en un "plis-plas", con un portazo sordo. Dejó las llaves en el viejo cenicero de barro, recuerdo de uno de aquellos viajes que acostumbraban a realizar sus padres. Se quitó las playeras sin desatar los cordones, ayudándose solamente con los dedos de los pies. Se sentó en el sillón de flores pasado de moda y comenzó a llorar.

- Pero..., ¿qué te pasa, nena?, ¿por qué lloras? - le preguntó angustiada mientras se sentaba a su lado y le apartaba el pelo que caía sobre sus ojos.

- Nada... - titubeó entre sollozos ahogados.

- No dejes que nada pueda contigo, ¿me oyes? tú vales oro, nena, que te lo digo yo que te conozco como nadie... ¡hombre si te conoceré yo! - le retiró unas lágrimas con el dorso de su mano cubierta de pecas - anda, nena... sonríe un poco.

- No tengo ganas de sonreír - le contestó mientras levantó el rostro para mirarla - no me encuentro muy bien... - sentenció con voz apagada.

-  Hazlo por mí, di, ¿lo harás?.

Cerró los ojos sintiendo sus dedos fríos a través de los mechones de cabello que caían sobre sus mejillas. Volvió a dejar que las lágrimas salieran a su antojo cuando sintió que su presencia se alejaba, una vez más.

- No te vayas, por favor... - suplicó temblando

- Sonríe un poco nena... que sino luego no encontraré el camino hacia tus sueños... 

jueves, 28 de enero de 2010

Cómo me gusta ver cómo te ríes

Mi abuela ha sido (lo sigue siendo, allá donde esté) una de las personas más importantes de mi vida, no sólo porque haya desarrollado el papel de ser mi abuela, sino como persona en general: por cómo era y todo lo que me demostró día a día.

No pasaba un solo día sin que me preguntara, al llegar de clase, qué tal me había ido “en el cole” y si había hecho todos “los deberes”. Aunque ya fuera a la universidad, para ella siempre fui esa niña pequeña que necesitaba de su atención y de su cariño constante, aunque yo no lo viera; esa niña a la que crió veinticuatro horas al día durante tantos años, a la que preparaba el cola-cao cada noche, a la que miraba cómo se reía viendo la televisión… y cuando yo me daba cuenta, ahí estaba: sujeta al marco de la puerta, sonriendo con la alegría reflejada en sus ojos y el brillo de su voz al decir “cómo me gusta ver cómo te ríes..”. Y yo, entonces no entendía por qué.

A mi abuela le encantaba salir a pasear. Todas las tardes, aunque lloviznara un poco, bajaba a la calle: vestida de luto, con su “cachaba”, su bolsita donde depositaba la cartera y las llaves,  y un folleto de propaganda que utilizaba para no ensuciarse al sentarse un rato en un banco. Nunca la vi sola, era una mujer sociable y si no tenía motivos que riñeran con su honor no le negaba la palabra a nadie. No era conflictiva ni buscaba hacer mal a la gente pero tampoco era ingenua: a ella no se la daban con queso y si alguien a quien estimaba le demostraba que no era merecedor de tal afecto, no se andaba con contemplaciones y hacía del silencio su respuesta hacia esa persona… y nunca hacía un mundo de ello, al menos, nunca dejó que lo contrario se percibiera.

Algunas tardes de otoño, compraba “palmeritas” de hojaldre. Las traía para merendar: “para tomar con un café caliente, nena, que hace un frío...”; y nunca cogía una sin haberle ofrecido al resto antes. Nunca pensaba en ella, luchadora incansable se enfrentaba día a día al trabajo que le íbamos dejando desconsideradamente: ropa para planchar, lavadoras que poner, platos que fregar… y nunca se quejaba más que del cansancio en las piernas por tantas horas de pie.

Cuando algún día salía de fiesta o me compraba unos pantalones, siempre me pedía que se los enseñara: “¡a ver qué tal te están!”; y antes de salir me piropeara, para hacerme sonreir... todavía recuerdo la admiración que me regalaba: “no me extraña que les vuelvas locos”, a lo que yo siempre le decía “pero si yo no vuelvo loco a ninguno, güelita…”. Sigo sonriendo (y emocionándome) al recordarlo. Ella siempre vio en mi algo especial, no sé si porque era su nieta o porque en general, como persona, creía que yo también tenía algo.

Realmente nunca sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Yo no supe apreciar todo lo que era para mí hasta que la perdí. No pude despedirme de ella, no llegué a tiempo y siempre maldeciré las horas que alguien me robó y que me faltaron para ir a verla. Antes de marcharse, sólo unas horas antes había preguntado por mí… no pude estar ahí, pero conociéndola adivino a que también preguntó qué tal me iba “en el cole” y si había hecho todos “los deberes”.