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lunes, 26 de julio de 2010

La fiesta

Después de despedir a los últimos invitados se da la vuelta lentamente y, cansado, se sienta en una silla situada delante de la foto: la más importante y, a la vez, la más amarga y dolorosa.

Recuerda el momento en que la sacó: en aquel entonces era el hombre más infeliz sobre la faz de la tierra. Nadie estuvo nunca tan vacío como él en aquel tiempo, nadie estuvo nunca tan lleno como logró estar él hasta una hora antes de la tomar la foto, nadie...: un antes y un después que cambió por completo su vida, sin sospechar ni siquiera en aquel entonces hasta qué punto lo haría...

Con tristeza lo recuerda, un pellizco de nostalgia le muerde el corazón mientras permanece allí, sentado, admirando la vieja foto. Con la última copa todavía en la mano, piensa en la fiesta que acaba de finalizar. "Siendo objetivos - se dice para sí - ha sido una gran fiesta."

Y, al decir verdad, razón no le falta. Como otras veces, la prensa hablará de ello durante varios días, sus conocidos y allegados le felicitarán aún después de varias semanas y, por la calle, no faltarán seguidores que, al reconocerle, le pidan un autógrafo: es consciente de que muy poca gente en la ciudad sabe ofrecer el arte en su más espléndida expresión y organizar una fiesta a la altura que se merece.

"Como dice ese viejo refrán - piensa mientras se levanta y sus ojos quedan a la misma altura que la foto- lo que no te mata, te hace más fuerte." Y con esa convicción que da la experiencia y la perspectiva del tiempo, apura el whisky del vaso, lo posa en la mesa y, volviendo su espalda a la pared, se dirige hacia la puerta, la abre, apaga las luces y, acto seguido, el artista cierra tras de sí la puerta, una noche más...

domingo, 11 de abril de 2010

El artista

Comenzaba cada mañana de la misma manera. La alarma del móvil le despertaba con un "bip-bip" que aumentaba de volumen a medida que trascurrían los segundos, entonces, se levantaba y se acercaba a la cómoda donde estaba el teléfono, emitiendo sonido y luz, y la apagaba.

Descalzo caminaba escaleras abajo a la cocina, donde se calentaba un café bien cargado que acompañaba con un par de galletas, de esas que parecen pastas pero no lo son. Solo, con la voz del presentador de las noticias, se despejaba y volvía a sentir el agobio de la rutina. Pero esa mañana era distinta, no iba a ir a clase, ese día pensaba regalársele a sí mismo y no se sentía culpable por faltar un día a sus quehaceres: hoy se lo merecía porque el sol ya brillaba en el cielo azul y las nubes, apenas visibles en el horizonte, eran ligeras y tan blancas como la luz.

Fregó la taza del desayuno, subió de nuevo a su habitación y se duchó con el agua bien caliente, como le gustaba siempre. Cogió la cámara con su objetivo favorito, ese que había comprado un mes atrás por internet, las gafas de sol y se marchó caminando hacia ese rincón al que siempre acudía cuando necesitaba estar solo. Cuando llegó, subió por la ligera pendiente de rocas hasta alcanzar la cima, desde la cual podía ver toda la ciudad bañada por el mar. "Clic-clic", ahí iba la primera foto a aquella ciudad que cada día le absorbía. "Clic-clic", otra foto al infinito mar que se perdía en medio del cielo.

Se quitó la cámara que colgaba en su cuello, guardó el objetivo en la mochila que había traído y después la cámara. Suspiró mientras miraba el mar al que acababa de retratar y así, en silencio y con aquél paraíso como único testigo, comenzó de nuevo a coger altura... y se sumergió en su universo.