Ya está aquí. Ayer lo supe con certeza. Esa sensación. Frío helado. Frescor seco. Otro invierno adelantado y la cuenta atrás para reuniones y celebraciones ya ha empezado. Yo lo que querría es poder meterme en la cama todo ese tiempo, dormir y no despertarme hasta el 7 de enero. Pero no puedo hacerlo. Sería egoísta y, aunque desde hace ya unos años no me gustan estas fechas, también me perdería algunos momentos que guardar junto al resto de recuerdos.
No es que me siga aferrando al pasado. No, eso ya lo superé. Lo superé. Y recuerdo en especial estas fechas en aquellos otros años que compartí... me duele la nostalgia y no poder girar las manecillas del reloj en sentido contrario, me apena sí, eso no lo no voy a negar, pero seguí caminando.
Cuando comencé de nuevo a sonreír, después de varios inviernos, la vida, creo yo, quiso recompensarme y me hizo un regalo. El mejor de todos lo que tuve nunca. Me sentí completa y feliz a más no poder. Creí y sentí que, aunque continuaran llegando los problemas inevitables, todo sería distinto. Que siempre contaría con un sentimiento especial e incondicional y una mirada capaz de quitarme el frío aunque me encontrase en la misma Siberia. Pero nada de lo esperado sucedió. Aprendí que la vida no siempre hace regalos, que a veces sólo te presta un tesoro para que te sientas tú uno y después, cuando lo descubres, te pide que se lo devuelvas porque ya cumplió su misión. Y así, el invierno que pensé distinto se convirtió en otro invierno igual. Fue duro, claro, ninguna palabra es capaz de recoger la miseria que sentí, pero luché por sobrevivir. Lo sigo haciendo y puedo decir que, una vez más, lo conseguí. Salí. Me vencí a mi misma...
Y ya está aquí. Otro invierno triste. Sonrisas forzadas y la maldita certeza de saber que año tras año, pase lo que pase, será así.
Cuando enfrentarse a la verdad sirve para regresar, una vez más, a nuestra nube: nube dulce nube...
lunes, 29 de noviembre de 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
Cosas de una nube
Me gusta que imiten mis muletillas, oír "¿abrazo?" mientras veo un cuerpo reflejando el mio. Sonreír ante la escena y responder como siempre quiero que me respondan. Me gusta la sensación que me queda después de hacer ejercicio y la sensación de tranquilidad que se acomoda junto a mi cuando sé que en cuestión de minutos estaré entrando por la puerta de mi casa. Es mi gran debilidad, adoro mi casa porque adoro las vidas que guarda, incluso cuando está vacía.
Dependiendo del día, me inspira el silencio o una pausada canción. No puedo escribir siempre de una única manera. Necesito todas, todas la maneras habidas y por haber las quiero para mi: feliz, triste, animada, cansada, con frases que me desbordan y con las peores sequías.
No puedo dejar de contarme cosas a mi misma, no puedo, y eso también me gusta. Pero a veces, cuando la nostalgia se hace con la primera posición en la lista de temas del día, se enmudece mi voz y las palabras salen por goteo: lentamente y resonando con un suave eco en mi mente que va subiendo de volumen y cogiendo fuerza hasta que me es imposible pensar en nada más si no lo escribo. Me gustaría tener más tiempo para sumergirme totalmente en la nostalgia pero, al final, siempre termino escuchando esa voz que me dice que no puedo hacerlo, que no, que no hay tiempo ni presente para revivir el pasado. Esos son los días que peor llevo.
Cuando conduzco y voy sola, o con alguien de mucha confianza, me gusta cantar las canciones que suenan por la radio o, cuando alguna no me agrada mucho, las que reproduce el compact disc que tenga en ese momento puesto. Y subir el volumen, eso también me gusta.
Me encanta que me pregunten "¿qué tal?" cuando estoy alegre porque así siempre puedo responder sonriendo con un "¡bien! ¿y tú?". Sin embargo odio que me lo pregunten cuando no me siento muy bien, porque no se me da bien mentir y como no se me da bien, no me gusta tener que decir "bueno...", así que trato de adelantarme siempre y preguntar yo primero "¿qué tal?" para olvidarme un poco de mi.
Me gusta tener siempre unos minutos para mi misma, para escribir cualquier cosa que mis dedos estén dispuestos a escribir a golpe de teclado, sí, eso sí que me gusta, me encanta, me chifla, me pirra... y me hace sentir ligera y especial en mi propia nube de ilusión.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Recuerdos de una noche
- Te acuerdas... - dice sonriendo y sus ojos brillan entonces rebosantes de alegría. Sonríe ella también.
- Sí... - cierra los ojos antes de seguir hablando - recuerdo la pequeña lámpara del pasillo encendida, la puerta de casa, tu casa, abierta y la oscuridad y el frescor de la noche fuera de ella. La mesa de comedor rectangular, tirando a estrecha, puesta, ocupando casi todo el espacio del pequeño salón. El asiento de las sillas tapizado con terciopelo rojo apagado. El juego de café que ahora está guardado tras una puerta de cristal traslúcido, lucía entonces en aquel salón. No les recuerdo a ellos allí - comienzan las lágrimas a brotar de sus ojos - sólo te recuerdo a ti, en aquella inmensa cocina, de pie junto al hornillo de carbón removiendo la sopa de gallina en una cazuela de color granate. Esa costumbre no la hemos perdido, ¿sabes?, y todos los años cuando la veo en el plato pienso en tí, en lo mucho que te gustaba la sopa de gallina - sonríe y se seca las lágrimas con la mano.
- Es la mejor sopa, nena, la más rica.
- Podrías quedarte un poco más... - suplica de nuevo al ver que se aleja.
- No dejes que se pierdan esos momentos, nena...
- Sí... - cierra los ojos antes de seguir hablando - recuerdo la pequeña lámpara del pasillo encendida, la puerta de casa, tu casa, abierta y la oscuridad y el frescor de la noche fuera de ella. La mesa de comedor rectangular, tirando a estrecha, puesta, ocupando casi todo el espacio del pequeño salón. El asiento de las sillas tapizado con terciopelo rojo apagado. El juego de café que ahora está guardado tras una puerta de cristal traslúcido, lucía entonces en aquel salón. No les recuerdo a ellos allí - comienzan las lágrimas a brotar de sus ojos - sólo te recuerdo a ti, en aquella inmensa cocina, de pie junto al hornillo de carbón removiendo la sopa de gallina en una cazuela de color granate. Esa costumbre no la hemos perdido, ¿sabes?, y todos los años cuando la veo en el plato pienso en tí, en lo mucho que te gustaba la sopa de gallina - sonríe y se seca las lágrimas con la mano.
- Es la mejor sopa, nena, la más rica.
- Podrías quedarte un poco más... - suplica de nuevo al ver que se aleja.
- No dejes que se pierdan esos momentos, nena...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)