martes, 8 de junio de 2010

El mundo

Dicen, sin pronunciar palabra, que es mejor que no hable de ti, que es mejor hacer como que no existes, que te olvide, que ya pasó todo y que tengo que pedir plaza en alguna clínica de desintoxicación.

Les digo, sin pronunciar palabra, que es mejor que no pronuncien esas palabras calladas, que la realidad es todo aquello que no se puede obviar y tú formas parte de mi realidad, que no te voy a olvidar porque, para mi, olvidar significa negar (y yo no estoy dispuesta a negar nada de lo que me haya sucedido en la vida) y que, aunque siga teniendo mono de ti, intento seguir mi día a día de modo que nadie sospeche (ni siquiera yo misma, a veces) la lenta agonía que es, a la vez, alegría.

Me gustaría charlar contigo, contarte que desde que te conocí he mejorado a nivel personal hasta un punto que nunca imaginé: soy un poco más fuerte, más paciente, relativizo más las cosas, aprecio de un modo más profundo a mi familia y amigos, me quiero un millón de veces más, y, aunque sé que esto no es bueno: soy más cobarde y tengo más miedo. Te agradecería de nuevo, infinitas veces, que existas en el mundo y que me hayas brindado la oportunidad de conocerte: gracias, de corazón, gracias porque tú cambiaste la imagen que tenía del mundo. Ahora escribo prácticamente todos los días, lo hago porque me gusta y porque significa un millón de cosas más: es mi terapia, es mi forma de comunicarme conmigo misma, es mi forma de gritar al mundo que yo también estoy en él y es mi forma de regalar sueños al aire, para que quien les necesite pueda coger los que quiera prestados y vivirles y recordar así que soñar es algo que todos podemos conseguir.

Gracias por enseñarme a brillar en mi propio cielo, lo único que deseo es que tú sigas brillando en el tuyo cada día más y que, un día, el mundo entero también sepa, al escuchar tu nombre, que tú, símplemente, eres único.

sábado, 5 de junio de 2010

Los regalos de Lily

- Hoy tenemos con nosotros a un nuevo compañero. Se llama Max y ahora quiero que le saludéis.
- ¡Hola Max! - gritaron los niños a coro y Max, rojo como un tomate por la vergüenza y enfadado con toda aquella clase de niños desconocidos, siguió con el silencio que había cogido desde que saliera aquella mañana de su casa.
- Bueno Max, tu sitio va a ser aquél - dijo la profesora con dulzura y señalando el pupitre vacío que formaba parte de un cuadrado.

Max se dirigió, de nuevo sin decir nada, a la pequeña mesa mirando al suelo. Se sentó y se cruzó de brazos. No entendía por qué se habían tenido que trasladar de ciudad y no poder volver a ver a sus amigos. Sus padres eran abogados y trabajaban en uno de los bufetes más prestigiosos del país. Los días interminables de soledad eran la rutina de la casa: despertador, desayuno exprés, respuesta a unos cuantos correos electrónicos, lectura rápida de los titulares de la prensa internacional, dos minutos de amor, trayecto familiar en coche hasta el colegio, donde dejaban a Max, y treinta minutos de viaje hasta el lugar de trabajo.

- Yo me llamo Lily - dijo la pequeña, pero Max seguía enfurruñado y mirando su mesa - ¿por qué estás enfadado?
- Porque sí - escupió Max mientras apretaba con más fuerza los brazos y fruncía el ceño

Lily no supo qué decirle al niño que se sentaba a su lado, triste y enfadado. Alex y Katie, enfrente de ellos, seguían dibujando los animales que vieron en la excursión al zoo que habían hecho el día anterior. Lily se giró sobre su silla y rebuscó en su pequeña mochila amarilla, con forma de sol, mientras Max, curioso, la observaba de reojo.

- Toma - le dijo ella mientras posaba en la mesa del niño una galleta.
- Qué galleta tan rara - dijo Max asombrado - las que compra mi mamá tienen forma de oso, pero no de nube.
- Estas las compra mi papá y son mágicas. Pruébala, está muy rica y sabe a naranja - dijo Lily sonriendo.

Max cogió la galleta y mordió un pequeño trozo que degustó en el paladar. La niña tenía razón, sabía a naranja, era muy dulce y le gustó así que, sin haber terminado de tragar la masa que se había formado en su boca, mordió otro trozo, y otro, y otro hasta que se comió la galleta, con forma de nube, entera. No se había creído que unas galletas pudieran ser mágicas: no notaba que le hubiera salido cola o que sus pies se hubieran vuelto invisibles, pero la galleta estaba rica y, sin darse cuenta, había relajado la expresión de su rostro.

- ¿Qué haces? - preguntó Max al mirar hacia la mesa de Lily y ver un par de jirafas pintadas.
- Pinto unas jirafas que vimos ayer en el zoo. Si no tienes pinturas te puedo dejar las mías para que tú también dibujes.
- ¡Vale! - dijo Max sonriendo y dejando atrás el enfado hacia sus compañeros, hacia aquel día y hacia aquella pequeña ciudad.

jueves, 3 de junio de 2010

Un deseo (II)

- Está bien, pediré mi deseo


- ¿Segura?


- Lo he meditado largo y tendido. Estoy segura.


- ¡Genial! Venga, ¡pide por esa boquita!


- Mi deseo es... yo... bueno, ¡ahí va!: DeseoQueTodoSeaSencillo. Que los problemas no me nublen la mente, que no falte ninguna sonrisa, que pueda dejar a mi alma hablar y que me lleguen a comprender, aunque sea por tan sólo diez segundos. Porque creo que la clave de todo es esa, comprender a las personas, y sólo así todo puede cambiar, estoy convencida, no tengo ninguna duda de que la clave es escuchar con el corazón. Quiero que me escuchen, quiero que hasta las estrellas que están a millones de años luz de este cielo sepan y valoren que la vida de las personas es más que seguir una rutina, acudir a un lugar de trabajo, comprar cosas inútiles o fingir ser feliz. Quiero que escuchen, que todo el mundo se escuche a sí mismo, que dejemos de mentirnos, que nos escuchemos y así podamos ser los más ricos sobre la faz de la tierra: ricos de sentimientos, ricos en felicidad, ricos de corazón.


- ¿No crees que eso es pedir demasiado?. Generalmente caminamos de aquí para allá, sumergidos en la rutina que mencionas, sin reparar en nadie ni nada más que nosotros mismos: somos egoístas.


- Por eso mi deseo es que todo sea sencillo, ¿no lo ves? lo engloba todo. Si todo fuera sencillo, no tendríamos reparos en pararnos a hablar con un desconocido y escucharle como si fuéramos un par de viejos amigos de la infancia. Si todo fuera sencillo, los problemas y el estrés de la rutina no minarían nuestro ánimo y siempre tendríamos espacio para regalar sonrisas. Si todo fuera sencillo, afrontaríamos el tiempo y la vida con otra perspectiva, los plazos no amenazarían tan duramente y  no saldríamos muertos de las batallas perdidas: porque todo sería sencillo y ni los golpes más duros nos borrarían la ilusión por un nuevo día.


- Estás loca de remate.


-  Gracias, prefiero que me llames Soñadora pero, dime ¿me has escuchado de verdad?...








- Ojalá se cumpla tu deseo, Soñadora...